Leo, luego firmo

Firma de contrato.

DEBO NO NIEGO; PAGO LO JUSTO

Leo, luego firmo.

Teresa Carbajal

Agradezco en principio a Oswaldo que me llamó desde Fortín de las Flores, Veracruz hoy por la mañana para darme la introducción de su caso, el que prometió en días próximos venir a platicarme personalmente a Xalapa. Agradezco de igual manera todos los comentarios que “Debo no niego; pago lo justo” recibe, pero el mayor estímulo para alimentar las líneas de este ejercicio de comunicación externa del Barzón, es que ha contribuido a que pensemos y reflexionemos sobre temas que casi nunca son abordados; pero que a la vez nos son comunes a todos, por haberlos padecido.

Porque resulta que en lo cotidiano todos cometemos “malas prácticas” como usuarios de bienes, productos y servicios financieros, lo que nos lleva a cartera vencida por exceso de confianza o desorganización en nuestras finanzas personales/familiares, así mas allá de las prácticas desleales con nuestro bolsillo como los gastos hormiga, la falta de ahorro, o la creación de un fondo de emergencias, que a largo plazo nos conducen a pedir prestado por haberse rebasado la solvencia y capacidad natural de pago; sin ponderar que una salida rápida de pedir prestado para solo pagar los intereses de una deuda, desemboca en estrés financiero y luego en bancarrota.

Así, ocho de cada diez personas que recibimos en el Barzón manifiestan no contar con copia de los contratos y/o la documentación firmada al momento de contratar créditos, y nueve de cada diez personas refieren haber firmado sin leer lo que firmaban contrayendo obligaciones de pago que una vez, que les son reclamadas les parecen ajenas como si nunca las hubieran conocido.

Es cierto que la necesidad del crédito, hace a muchas personas decir que sí a todo, y firmar cuanto le pongan enfrente; pues en la mayoría de los casos dejar de leer las condiciones de un contrato no es el problema: sino leer y no entender lo que estamos firmando.

Y considero que éste es el principal problema por el que nos enfrentamos a escenarios de morosidad en los pagos, no saber con exactitud las obligaciones que adquirimos y la forma y términos en que debemos de cumplirlas, así como las consecuencias del impago.

Hace poco más de veinte años la mercadotecnia comenzaba a convencernos de que nuestra firma tenía el poder de hacer realidad nuestros sueños, pues bastaba con estamparla para que se nos otorgaran amplísimas líneas de crédito o que pudiéramos poder consumir muchos productos, bienes o servicios con diferimiento del pago.

Y a pesar de que la devaluación del peso a principios de los años noventas nos despertarían abruptamente de ese sueño, al elevarse las deudas a cantidades inimaginables producto del “error de diciembre” y de la fallida política económica en la que los Bancos de manera irresponsable colocaron créditos hasta llegar a la quiebra.

Hay quienes siguen sin darle a su firma las dimensiones legales que la misma concede a los documentos en los cuales se estampa. Con ella en el plano económico, cerramos tratos, aceptamos dar y recibir, comprometemos nuestro patrimonio, el de nuestra familia, nuestros ingresos futuros, aceptamos pagar más de diez veces la cantidad que recibimos, otorgamos poderes amplios a nuestros acreedores que incluso les permiten escriturarse a sí mismos las propiedades que en apariencia servirían únicamente de garantía, u otorgamos escrituras de compraventa para seguridad de agiotistas, cuando lo que quisimos de inicio era firmar un contrato de préstamo, entre otras atrocidades que quizá le parezcan inimaginables.

Nuestra firma es el medio que tenemos de imprimir nuestra voluntad en un documento, de decir que aceptamos todo lo que ahí se dice, y la forma de darle cumplimiento así como las sanciones en caso de no cumplimiento.

Lo correcto es que cada documento que se firme sea leído en su totalidad y sea plenamente entendido por el firmante, lo contrario es hasta cierto punto irresponsable de nuestra parte pues nos coloca en un estado de vulnerabilidad y desventaja frente al acreedor. Es decir, ¿Cómo controvertir en un juicio o pleito un documento que con la firma obliga plenamente a quien lo suscribe? Sobre todo si es persona mayor de edad, en uso de sus facultades y por tanto capaz de obligarse.

Decir “no sabía lo que firmaba porque no leí” como defensa, será tomar una conducta infantil e irrisoria frente a nuestro acreedor; por ‘pena’ en algunos casos he escuchado la excusa ‘no recuerdo haber firmado eso’ cuando en realidad queremos decir no tuve el cuidado de leer y entender que era lo que estaba firmando y a que me estaba obligando. El broche de oro de un error así es –aparte- no conservar copia de la documentación firmada.

No cometa el error de omitir la lectura previa y concienzuda de lo que va a firmar, es mas de manera previa a la firma de cualquier instrumento público o privado pida que se lo permitan para revisarlo, pida asesoría antes de firmar, hágase acompañar de alguien de su confianza y pida copia de todo lo que vaya a firmar; y no firme hasta no estar seguro de que leyó, entendió y aceptó el contenido del documento. Sea precavido y desconfiado, porque en la desconfianza radica la seguridad de usted y su patrimonio.

¡Hasta la próxima!
Contacto elbarzonrc@yahoo.com.mx, @terecarbajal

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